Trauma y recuperación – Judith Herman. (1 de 2)

Llevo tiempo queriendo escribir sobre el impresionante libro de Judith Herman, Trauma y recuperación.

En esta entrada de mi blog, escribo sobre la parte del libro que corresponde al Trauma. Judith Herman escribe este libro basándose en toda su experiencia profesional trabajando con personas que han sufrido trauma, entre ellas y especialmente las mujeres y niños víctimas de la violencia patriarcal en la familia, y los niños abusados sexualmente.

Ha sido un placer leer este libro, por su respeto, su dulzura, su consideración y su sensibilidad hacia todas las personas que de alguna forma u de otra han transitado por este resbaladizo y solitario camino del trauma.

En esta entrada, escribo sobre las partes del libro que más me han abrazado en mi propio camino, que mejor han explicado mis sentimientos de ira, tristeza, impotencia o soledad.

En esta entrada escribo sobre las estrategias del maltratador, que Judith Herman explica ocurren en la intimidad de la familia, y que yo extrapolo a la violencia del mundo exterior, en los juzgados, en la empresa, en la política. Estrategias de violencia, sometimiento a todos y cada uno de los seres humanos diferentes, de las minorías que plantan cara al statu quo, pidiendo ser escuchados y que obtienen…la misma respuesta.

Dedicaré otra entrada a la segunda parte del libro, la que trata la recuperación.

La sociedad quiere olvidar lo desagradable y lo doloroso.

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Hay una tendencia social a desacreditar a la víctima y a volverla invisible, sobre todo, si son niños y mujeres.

Las víctimas son devaluadas por la sociedad en un proceso dramático de silencio y negación.

Los abusadores de todo tipo, hacen todo lo que está en su mano para promover el olvido, y lo hacen forzando el secreto y el silencio, con la complicidad de la sociedad.

Si el secreto sale a la luz, la estrategia cambia y el abusador ataca la credibilidad de la víctima, negándolo todo, diciendo que la víctima miente o exagera.

Si no consigue silenciar a la víctima, intenta que nadie la escuche. Cuanto más poderoso es el abusador, más fácil le resulta que sus argumentos prevalezcan. Racionaliza todo de forma elegante y sofisticada.

El trauma psicológico es la aflicción del que se siente absolutamente impotente pues cualquier acción demuestra ser inútil ante una fuerza abrumadora, que le atrapa, le ataca por sorpresa, llevándolo a sufrir hambre, fatiga o dolor, hasta que su sistema de auto defensa se colapsa. El terror del proceso traumático perturba la percepción, las funciones de juicio fallan, los órganos dejan de funcionar, los impulsos agresivos se desorganizan,  su  sistema nervioso se desconecta del presente.

El trauma produce una emoción intensa, sin recuerdos claros en la memoria o bien, el otro extremo, recuerdos claros y detallados sin ninguna emoción.

Hay dos fases en el proceso traumático, la primera en que uno habita un estadio de robotización, renuncia a la libertad, al mundo, a pensamientos, a cualquier iniciativa, a cambio de poder sobrevivir, alternando sumisión y rebeldía. Y, un segundo estadio, en que la víctima pierde el deseo de vivir, tiene pensamientos suicidas, absoluta pasividad y se convierte en un muerto viviente.

Las personas con traumas crónicos muestran hipervigilancia, ansiedad, un estado agitado y están irritables sin saber por qué. Su cuerpo se rebela ante el dolor. Tiene insomnio,  además de numerosos síntomas como dolores de cabeza, trastornos intestinales, dolor abdominal, de espalda o pélvico.

Estos  síntomas de estrés post traumático son hipervigilancia, intrusión y constricción.

Para que un proceso traumático se desarrolle es preciso que se dé la cautividad, que la víctima no pueda escapar.

La cautividad de niños y mujeres en todo el mundo pasa desapercibida porque es una prisión sin barrotes, o vallas, es una prisión sutil. Los niños son cautivos por ser dependientes, las mujeres por las implicaciones sociales, estructurales y legales que conducen a la subordinación.

Estar cautivo conduce a perpetuar el contacto con el violento,  creando una relación de poder y control, de naturaleza coercitiva.

Se sabe poco de la mente del violento, porque no se ve así mismo así.  Lo más representativo es su aparente normalidad. Quizá una de las cosas más inquietantes, y perturbadoras para la mayoría de las personas es que muchos son parecidos a los Nazis. Son autoritarios, herméticos, a veces, con muestras de grandiosidad, y síntomas paranoicos. Son exquisitamente sensibles a las normas sociales, y a las relaciones de poder. Rara vez tienen problemas con la ley y buscan situaciones en las que su comportamiento tiránico sea tolerado, excusado o incluso, admirado. Su fachada les proporciona un excelente camuflaje. Es difícil de ver desde fuera que una apariencia tal de persona convencional esconda  un comportamiento abusivo en la intimidad.

Su objetivo principal es esclavizar a la víctima, lo hace ejerciendo un comportamiento despótico, y controlando cada aspecto de la vida de la víctima. No le satisface la docilidad, demanda respeto, gratitud e incluso amor. El deseo de un control total sobre la otra persona es el común denominador del tirano.

La estrategia que utiliza es la dominación psicológica, quitando el poder a la otra persona, aislándola del resto del mundo, mediante el terror, la impotencia y destruyendo su identidad. La violencia es el último recurso. Hacer que la persona esté permanentemente en un estado de miedo es suficiente. El miedo se incrementa mediante estallidos violentos impredecibles, y por la fijación de normas insignificantes. Ello convence a la víctima de que su resistencia es inútil, y que su supervivencia depende de ganarse su indulgencia, a través de una completa y absoluta sumisión. Su objetivo es  infundir miedo y gratitud. El violento destruye totalmente la autonomía de la víctima.

Uno de los dramas más horribles es contemplar con impotencia la realización de atrocidades a las personas amadas.

El poder del violento está limitado mientras la víctima tenga conexión con otros seres humanos, aunque solo sea una. Por esa razón busca aislarla de cualquier fuente de información, material de ayuda o apoyo emocional.

La vida de la víctima está llena de pequeños sacrificios, concesiones simbólicas hechas a la fuerza, que poco a poco y de forma imperceptible van destruyendo sus lazos con los demás.

Al aislarse del mundo la víctima se convierte en dependiente para su supervivencia, para las necesidades básicas físicas, emocionales, y de cualquier tipo de información.

De los síntomas del estrés post traumático, la intrusión (recuerdo de la experiencia vivida) puede llegar a persistir años. Sin embargo, lo más preocupante es la evitación o constricción. Cuando la víctima ve su vida reducida a la mera supervivencia, la constricción se convierte en una estrategia de adaptación. La constricción significa estrechar cada aspecto de la vida, relaciones, actividades, pensamientos, recuerdos, emociones e incluso sensaciones. Ello atrofia las capacidades psicológicas, que se han ido suprimiendo al adaptarse, lo que conduce a una solitaria vida interior. La alteración de la sensación del tiempo provoca constricción en la iniciativa y el desarrollo de planes. Pueden perder totalmente su capacidad para integrarse activamente en el entorno. Aunque tengan ingenio y determinación para encarar su diaria tarea de supervivencia, su tarea es cada vez más estrecha dentro de los confines marcados por el abusador. La persona deja de pensar en cómo escapar, sino en cómo permanecer viva o cómo hacer que la cautividad sea más llevadera.

La constricción de las capacidades de activamente integrarse en la vida, típicas del proceso traumático convierten a la persona en pasiva e impotente. Por ello, algunos profesionales, erróneamente aplican el concepto de indefensión aprendida a las mujeres víctimas de la violencia patriarcal. Estos conceptos la retratan como apática y vencida, cuando la realidad es que se da una compleja lucha interna, porque en la mayoría de los casos la víctima no se ha dado por vencida, ha aprendido que cada acción es vigilada y frustrada, que pagará caro el fracaso, con una dura represalia.

Las personas en cautividad desarrollan estados alterados de conciencia, estados de trance, autohipnosis con los que sobrellevan el hambre, el frío, el dolor. Mediante técnicas de meditación son capaces de controlar el dolor físico, el terror, y la humillación, alterando la sensación de realidad. Evitan pensar en el futuro, porque desencadena un dolor tremendo. Estrechan el futuro a días y horas. Y, sin embargo, activamente, cultivan recuerdos del pasado para combatir el aislamiento.

Después del fin de la cautividad, quedan anclados al dolor intenso del pasado y aunque vuelvan a la vida ordinaria, este fragmento de su vida queda permanentemente vivo, convirtiendo el presente en insulso, frente a los intensos recuerdos del pasado

Después de la liberación la sensación de que el abusador está presente altera la vida relacional de la víctima, que sigue sintiendo terror hacia el captor.

Las víctimas aprenden generosidad, coraje, y devoción entre ellas, y se unen intensamente.

Después de la liberación es imposible reconstruir el tipo de relaciones que se tenía antes de la cautividad. Solo hay una historia la historia de la atrocidad. Cada relación se enfoca desde una posición, ¿de qué lado estás? Con frecuencia la víctima quita de la lista a aquellas personas que presenciaron en silencio, que no ayudaron, ni respondieron.

La cautividad prolongada rompe la capacidad de establecer relaciones humanas. Las supervivientes oscilan entre un apego intenso, y un desapego aterrorizado. Pueden engancharse desesperadamente a una persona que perciben como un salvador, desaparecer abruptamente si perciben que es un abusador o un cómplice, mostrar gran lealtad a una persona que percibe como aliado, sentir ira, y desprecio por un observador complaciente con el horror del abuso.

Los roles cambian como resultado de pequeñas decepciones. No queda espacio para los errores. Internamente no queda una imagen de una sola persona con la que se sienta segura. Según pasa el tiempo, la mayoría de las personas no pasan el test de confianza, así que se retira de las relaciones. El aislamiento de la superviviente persiste después de la liberación.

Se produce una alteración de la identidad de la víctima. Toda la estructura psicológica (la imagen corporal, la imagen internalizada de los otros, los valores, los ideales que guían a las personas, el sentido de la coherencia y el propósito), se ve invadida y sistemáticamente derrumbada.

La identidad anterior ya no existe, ha de integrar el recuerdo de su esclavitud: su cuerpo puede ser controlado, su imagen de sí mismo, y de su relación con los otros ha de incluir una persona que puede perder a los demás y una persona que se pierde para los otros, sus ideales morales han de coexistir con el conocimiento de la capacidad del mal. Si ha traicionado a otros, tiene que vivir con la imagen de cómplice del abusador. El resultado es un yo contaminado, avergonzado, que siente odio por sí mismo y una sensación tremenda de fracaso. Esto se denomina el síndrome del superviviente.

Hay personas muy fuertes que pueden soportar la cautividad y salir de ella con su fe intacta. Pero son extraordinariamente escasas. La mayoría de las personas experimentan la amargura de haber sido abandonados por Dios.

Las pérdidas psicológicas pueden derivar en un persistente estado de depresión.

La hipervigilancia y los síntomas intrusivos crónicos se fusionan con los síntomas depresivos produciendo insomnio y pesadillas, y trastornos psicosomáticos.

Los síntomas disociativos se funden con las dificultades de concentración inherentes a la depresión.

La parálisis de iniciativa se funde con la apatía y la impotencia de la depresión.

La ruptura del apego refuerza el aislamiento de la depresión.

La degradada autoimagen alimenta las rumias de culpa de la depresión.

La pérdida de la fe se une con la desesperanza de la depresión.

La intensa ira de la persona cautiva se une a la enorme carga de la depresión. Durante el cautiverio no puede expresar la ira al abusador, porque pondrá en riesgo su supervivencia. Incluso cuando ocurre la liberación, siente miedo y por ello tarda en expresar la ira contra su captor, y aquellos que permanecieron indiferentes a su destino. Estallidos ocasionales de ira la alienan más de los demás, y se retira todavía más de los otros, perpetuando su aislamiento. O puede, dirigir su ira contra sí misma y llegar al suicidio.

La mayoría de la gente desconoce los cambios psicológicos que causa la cautividad. Las personas que nunca han experimentado terror y desconocen los métodos coercitivos, consideran que ellos hubieran demostrado más coraje y resistencia que la víctima en circunstancias similares. Los juicios de la sociedad de la persona que sufre trauma son muy duros. La aparente impotencia y pasividad, el quedarse atrapado en el pasado, su depresión intratable, sus quejas somáticas, su ira ardiente frustran a las personas cercanas.

Los psicólogos muestran una tendencia a culpar a la víctima, trasforman las consecuencias del maltrato en causas, y culpan a la víctima de la situación abusiva.

El sistema realiza un mal diagnóstico, y acaba revictimizando a la víctima.

Y, como los abusadores no acuden a las consultas, resulta que los profesionales se encuentran solo con las mujeres a las que encuentran con el denominador común de frígidas, agresivas, indecisas, pasivas y con necesidades masoquistas.

El cuadro clínico de una persona cuya vida durante un prolongado periodo de tiempo se ha limitado a la supervivencia se sigue confundiendo o manipulando como el carácter de la víctima. Y dramáticamente se dice de ellas que son dependientes, masoquistas, histéricas, hipocondriacas, e inútiles.

Un trauma prolongado incluye la negación, el entumecimiento psíquico, la auto hipnosis, la disociación y la alternancia entre la pasividad y los estallidos de ira.

Lo cierto es que ni los persistentes problemas de ansiedad son los problemas de ansiedad comunes, ni tampoco sus problemas somáticos, ni su depresión, ni la degradación de su identidad.

Incluso no encaja completamente con el cuadro de estrés post traumático, porque éste está basado en prototipos de violación, combate o desastre. El cuadro es más complejo, pues desarrollan cambios en la personalidad, incluyendo una deformación de la capacidad de relación y de la identidad.

Las personas crónicamente traumatizadas sufren en silencio y si se quejan no son comprendidas. Pueden tener una buena colección de fármacos para los dolores de cabeza, el insomnio, la ansiedad, la depresión, y ninguno funciona pues los síntomas subyacentes corresponden al trauma no identificado.

Muchas mujeres maltratadas  inician su relación con el abusador en un momento frágil de su vida en una crisis vital temporal o tras una pérdida reciente, normalmente en un periodo vital donde son especialmente, o excepcionalmente infelices o se sienten solas.

Con frecuencia se tiende a olvidar que la violencia es el comportamiento del hombre. Y, se  invierte un extraordinario esfuerzo en explicar el comportamiento masculino examinando las características de las mujeres.

Cualquier persona normal y sana puede quedar atrapada en una relación abusiva prolongada, y lo que es dramáticamente cierto es que cuando escapan ya no son normales, ni tampoco sanas.

Para poder escapar necesita evitar cualquier tipo de compasión hacia el abusador y acabar con los sentimientos que pueda tener hacia él.

Si logran recuperarse, lo consiguen por sí mismas.

Con gratitud a Judith Herman.