Sororidad feminista = Feministas constructivistas + Feministas espiritualistas.

Llevo tiempo queriendo escribir un artículo sobre este tema, sobre las  ramas feministas, constructivista y espiritualista, y la necesidad de construir puentes y fortalecer la red de sororidad.

En palabras de Yayo Herrero:

“Simplificando, se podrían decir que existen dos corrientes: ecofeminismos espiritualistas y ecofeminismos constructivistas. Los primeros identifican mujer y naturaleza, y entienden que hay un vínculo esencial y natural entre ellas. Los segundos creen que la estrecha relación entre mujeres y naturaleza se sustenta en una construcción social.”

También se llaman estas ramas, feministas de la igualdad y feministas de la diferencia.

 

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Y, Sincronicidad… hace unos días leí el artículo del Blog, Mujer del Mediterraneo, Affidamento: Una ética de cuidado entre mujeresEl título englobaba precisamente Affidamento, es para mí la versión italiana de la sororidad de Lagarde. Y, además el título hace referencia a la ética del cuidado. Y, me introduce al feminismo de la diferencia.

Así que, me puse manos a la obra a escribir este post.

Esta es mi historia de cómo a lo largo de mi vida he pasado de feminista constructivista a espiritualista.

En la primera etapa de mi vida, yo fui feminista constructivista, empeñada en prosperar profesionalmente, y en las cuotas de mujeres y no me sentía identificada con las mujeres madres de mi entorno laboral. Veía claramente la esclavitud de las mujeres y la necesidad de independencia financiera, de tener abundancia, como paso imprescindible para ser libres. Por ello, mi interés se centraba en aprender, rendir, ser independiente, conocer mundo, gentes de distintas culturas, y en subir la escalera profesional. Sin embargo, el sabor de la experiencia, no fue el esperado. No lo fue, porque no me sentía en sintonía con ese grupo de mujeres, pero tampoco cuando estaba rodeada de hombres, en viajes, en los asientos de business, donde apenas viajaban mujeres o en cursos de escuelas de negocios donde las mujeres brillaban por su ausencia. En fin, quizá me sentía como Virginia Woolf, ni en un sitio ni en otro.

No me gusta la moda, o ir de compras, mis aficiones son intelectuales. Soy torpe con las cosas manuales. No me gustan los trabajos de rutina, donde todo está encorsetado y hay demasiada estructura, normas, horarios. Necesito entornos laborales donde pueda ser creativa, y libre, y se fomente el cambio. Tengo visión global y necesito aprender cada día, y tener challenges. Pero hay una cosa que por mi personalidad necesito y es autenticidad, necesito que haya algo más allá del PAY-CHECK, necesito saber que lo que hago cada día tiene un sentido de BIEN MAYOR.

Y, me encontré con que, trabajar es en gran medida dominar el arte de la guerra de Sun Tzú, que es en realidad el de la mentira y el engaño. No en vano es uno de los libros imperdibles de los ejecutivos… Pagar ese precio, es como perder el alma, es como, con el fin de ser aceptado en ese mundo, renunciar a los valores, a la ética y de alguna manera también es ser eslavo, esclavo de la nómina.

Y, en medio de este vacío, escucho la llamada de la maternidad. Y, todavía fue peor porque estar todo el día fuera, llegar a la noche, delegar el cuidado de mi bebé en otra mujer, desconocida, me hacía tremendamente infeliz. Ni podía prosperar porque no podía asumir más compromisos, ni me gustaba no prosperar porque era un tormento y un suplicio y un aburrimiento, y todo me parecía un absoluto sinsentido. Así que, las cosas vinieron rodadas y la indemnización por despido fue agua de mayo, porque era un balón de oxígeno. Al menos eso fue lo que pareció al principio, Porque poco a poco, empecé a sentir una sensación de estar atrapada. Atrapada porque como las mujeres de mi familia, me convertí en esclava. Esclava porque la dedicación profesional del entonces marido no se vio interrumpida, ni su libertad, ni su ocio, ni su cuerpo, solo la mía. Esclava porque ser madre, despertó mis asignaturas pendientes de la infancia, mis heridas interiores, mi hambre de amor infantil, y dentro de mí, surgió el coraje de hembra mamífera, de proteger a mi prole con mi vida. Esclava del orden patriarcal. Esclava de una relación desigual, castradora, violenta, que me convirtió en una sombra de lo que fui, apagándome, cortando cual bonsai mi libertad, mi entusiasmo, mi relaciones, mi solvencia económica reduciendo mi vida a vivir como un adolescente pidiendo la paga.

Y, de pronto cambié el chip, tal y como explica Federici en Revolution at point zero,  pasé de repudiar la maternidad, a valorar el sacrificio de las madres, el arte del cuidado.

Como dice Yayo Herrero,

“La cultura del cuidado tendrá que ser rescatada y servir de inspiración central a una sociedad social y ecológicamente sostenible.”

Como dice Marcela Lagarde, en su artículo Mujeres cuidadoras: entre la obligación y la satisfacción,

“Los hombres contemporáneos no han cambiado lo suficiente como para modificar ni su relación con las mujeres, ni su posicionamiento en los espacios domésticos, laborales e institucionales. No consideran valioso cuidar porque, de acuerdo con el modelo predominante, significa descuidarse: Usar su tiempo en la relación cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con los otros. Dejar sus intereses, usar sus recursos subjetivos y bienes y dinero, en los otros y, no aceptan sobretodo dos cosas: dejar de ser el centro de su vida, ceder ese espacio a los otros y colocarse en posición subordinada frente a los otros. Todo ello porque en la organización social hegemónica cuidar es ser inferior”

Me di cuenta que el trabajo en el mundo patriarcal es acceder a las reglas fijadas por el varón, de la escasez en lugar de la abundancia, de la esclavitud en lugar de la libertad, que se sustenta en mantener la pobreza de las mujeres, de otros pueblos, de otras razas.

El feminismo de la diferencia dice que,

Los hombres son, por naturaleza, agresivos, guerreros y depredadores, y por tanto, las mujeres no deben entrar en ese juego e intentar imitarlos.

Y poco a poco el Universo me ha ido trayendo las piezas del puzle que buscaba. Las piezas del puzle empezaron a llegar, al iniciar el camino de sanación interior, empezar el camino del héroe para vencer al dragón interior – ego, y salvar a la damisela – alma. Me convertí en buscadora, y un libro me llevó a otro. Un curso a otro. Y, empecé a ver que el origen de la esclavitud es el hambre de amor del ser humano que conduce a la desconexión con el alma, y al nacimiento de la crueldad y la violencia. Empecé a ver que el mundo exterior es el espejo del interior, que tiene que ver con el nivel de vibración, con conectar con luz o con oscuridad.

Y entonces, lo vi claro, el foco no son las cuotas de mujeres patriarcales, que se someten al poder patriarcal y se convierten en cómplices, sino  feminizar el mundo,  hacerlo más solidario, compasivo, espiritual y libre. Y,  feminizar el mundo afecta al concepto de Estado, de familia, de economía.

Y, llegados a este punto el universo me lleva al concepto de feminismo espiritualista a la conexión profunda con la naturaleza de la hembra mamífera, o  feminismo de la diferencia que curiosamente sintonizan con mi propia visión.

Solo feminizando el mundo pienso que las mujeres ocuparán el mundo exterior libremente, pues entonces estará en sintonía con su naturaleza de cuidar, preservar, colaborar.

Esta misma idea en palabras del Feminismo de la diferencia:

Si tienen efectiva libertad, las mujeres seguirán caminos propios, y la disparidad resultante será la verdadera igualdad.

La red de sororidad feminista ha de incluir ambas feministas, porque AMBAS SON PIEZAS DEL PUZLE. Sus puntos de partida son diferentes pero ambas tienen un horizonte común la libertad de las mujeres del yugo patriarcal.

Los puntos de partida son diferentes porque cada persona es un ser único, producto de muchas capas que se van superponiendo, una es la biología, la herencia mamífera, la herencia genética, salud, complexión física, sexo, etc. Otra es el temperamento innato, (y más específicamente nuestra personalidad de acuerdo con el modelo MBTI – Myers Briggs Type Indicator de 16 personalidades) que condiciona nuestros intereses, nuestras motivaciones, las carreras profesionales en las que encontramos satisfacción, la forma en que manejamos el conflicto, tomamos decisiones, aprendemos, nos relacionamos, etc. Otra es la suerte que hemos tenido en nuestros afectos que se recoge en el tipo de apego que tenemos con nuestros padres y que determina nuestro eneatipo, y que afecta a la calidad de nuestras relaciones, a nuestro nivel de salud emocional, al desarrollo de trastornos de personalidad, etc. Y, hay muchas más, la raza, la renta de la familia, la clase social, los valores de la familia, haber tenido la suerte de tener ejemplo de una relación igualitaria y de amor entre tus padres, la cultura del país donde vivimos, su grado de libertad y tolerancia, el acceso a una educación de calidad, y un largo, largo etc.

Todo ello nos conduce a posicionarnos en una rama feminista o en la otra, y a ir evolucionando a lo largo de nuestra vida.

Por ejemplo, solo fijándonos en la variable tipo MBTI, resulta que Margaret Thatcher, Golda Meir, Angela Merkel, son ENTJ – Extraversion, Intuition, Thinking, Judging Son temperamento Racionalista, cuyo Keyword es competencia. Su estilo de interacción es In-Charge, dotado para el mando, son líderes natos. Es un temperamento visionario, el que encuentra menos satisfacción en cuidar. Y, esto es independiente de la educación. Y, la educación de género no convierte a las 15 restantes personalidades en ENTJ. Estas mujeres ENTJ ocupan de forma natural un puesto en el mundo patriarcal.

En fin, supongo que por eso las conclusiones de un estudio del IESE según dijo Nuria Chinchilla, son que el 20% de las mujeres prefieren carrera a familia (habrá muchas mujeres de temperamento racionalista en este grupo), el 20% familia a carrera y el 60% intenta conciliar.

Como dice Teresa Mollá Castells en su artículo  Sororidad, esa gran desconocida  Mientras no seamos capaces de superar diferencias e integrar voluntades para desmontar el sistema, el patriarcado campará a sus anchas.


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Preocupada y reafirmada – Teresa Mollá Castells