Si el maltratado soy yo…

Estos días leyendo las noticias sobre Juana Rivas, no he podido evitar pensar en la involución de derechos de la mujer y de la infancia y el poder creciente del padre en todo occidente.

La maternidad está cada vez más devaluada. Para la justicia y para el legislador somos solo úteros sin derechos sociales y económicos.

Cada día leo noticias sobre mujeres a las que los tribunales arrebatan a sus hijos para dárselos al padre, que con frecuencia delegará su cuidado en la segunda mujer o en su madre.

He pensado en la hipocresía social de los políticos y su Pacto contra la Violencia de Género y las leyes que aprueban, que cada vez, limitan más los derechos de las madres a tener una vida digna. Leyes que permiten los PEF y que se gestionen por quien se gestionan, centros de menores, gestionados por los mismos, que suponen una ingente cantidad de dinero público que financia encubiertamente a la Iglesia. Leyes, que permiten como en el caso de Juana, que hagan caso omiso de la opinión de los niños, y de las sentencias condenatorias por VG. Leyes que otorgan custodias totales, y parciales a hombres violentos. Leyes que permiten la custodia compartida, es decir no pensión alimenticia, cuando una ha cuidado y el otro se ha dedicado a sí mismo. Leyes que impiden a las madres a tiempo completo cotizar al régimen de pensiones, leyes que niegan la propiedad de la vivienda a la mujer en régimen de separación de bienes cuando ella ha asumido la totalidad de la carga de la crianza de los hijos y del trabajo del hogar. Leyes y leyes y leyes en favor del hombre.

He pensado en el profundo desconocimiento social del sufrimiento de miles y miles de mujeres en todo el mundo.

He pensado en la cantidad de mujeres que se asientan con un hombre divorciado con responsabilidades familiares del primer matrimonio, sin pensar en la reducción del nivel de vida de la primera familia, en el imponente trabajo de las primeras mujeres de sacar a los niños sola, en el trastorno emocional de los hijos de padres divorciados que invaden las consultas psicológicas.

Y, he pensado en las amigas de toda una vida que he ido perdiendo por posicionarse con sus hombres, sean padres, hermanos, y maridos.

He pensado en el discurso del hombre violento, que incluso en la cárcel sigue persiguiendo legalmente a su víctima.

No deja de sorprenderme la cantidad de hombres divorciados que dicen ser ellos los maltratados. Y cuando les preguntan te salen con explicaciones del tipo,

“A ver, uno llega a casa cansado del trabajo, y no tiene la cena lista.”

“Uno tiene sus necesidades, ella no quiere tener sexo cuando yo quiero”

“Está loca, desequilibrada, histérica, siempre llorando.”

“Preguntar y preguntar sobre el dinero. A ver, es mi dinero, porque yo lo gano, mi casa porque yo la pago, y son mis hijos. No tengo que dar explicaciones, hago lo que considero oportuno y punto. Ella es una mantenida. Yo soy el que trabajo, lo que hace ella es basura”

“Que se queje cada día de que me vaya a hacer deporte, cuando llego del trabajo, en lugar de bañar a los niños, hacer la cena, o ayudarles con los deberes, o de que salgo de noche o de que me voy al fútbol. Es que no hay quien aguante esta tortura.”

Es decir se sienten maltratados ante el cuestionamiento de su poder o de sus privilegios. A este cuestionamiento lo llaman maltrato psicológico.

Resultado de imagen de neurosis de guerraY, sin embargo,  el maltrato deja unas secuelas para siempre, que ciertamente no veo en estos divorciados y hombres violentos que no cesan de demandar y hacer la vida imposible a sus ex-mujeres e hijos. Su ego, su soberbia, su ira, su deseo de venganza no tiene nada que ver con las características de una mujer maltratada, con su estrés post traumático.

La experiencia del maltrato deja secuelas imborrables de por vida, limitando la posibilidad de llevar una vida normal, de la misma manera que un veterano de guerra con estrés post traumático, resultado de una neurosis de guerra:

El terror, el llanto incontrolable, el haber vivido atrapado sin posibilidad de resistir, ni de acción, ni de escapar, hasta el más absoluto agotamiento físico, la distorsión de la capacidad de juicio y discernimiento que supone el vivir en régimen de supervivencia alerta en todo momento (hiperactivación). El recuerdo de la experiencia vivida (intrusión), a modo de flashbacks durante el día y pesadillas durante la noche, que invaden la mente inconscientemente,  reviviendo una y otra vez la pena, el miedo, el dolor, la esclavitud, la impotencia como si estuviera ocurriendo en este instante, lo que impide continuar con la vida normal. Y, por último, después de estrechar cada aspecto de la vida, relaciones, actividades, pensamientos, recuerdos, emociones e incluso sensaciones (constricción),  ese estado en el que se sume quien lo ha intentado todo y nada ha funcionado, y se rinde ante la evidencia de que no hay salida, y la persona se escapa de la experiencia traumática alterando su estado de conciencia para no sufrir. Desde fuera se ve a alguien que muestra una calma desapegada, en la que el terror, la ira y el dolor se disuelven, el tiempo se altera, como si uno fuera a cámara lenta y el suceso no le estuviera sucediendo, como si estuviera fuera de su cuerpo, y fuera simplemente un mal sueño. Indiferencia, desapego emocional, profunda pasividad en la que la persona renuncia a toda iniciativa y lucha. Es la protección contra un dolor insoportable, del que no se puede escapar. A  veces, se produce la amnesia traumática, y los niños y las mujeres no pueden recordar. Es un asesinato psíquico. Muchas de las personas que han pasado por ello sienten que algo se ha muerto dentro de sí mismas.

Con el tiempo la intrusión, y la hiperactivación se atenúan, pero la constricción se mantiene, y la persona va limitando las posibilidades de su vida, por su sentimiento de impotencia y miedo, evitando situaciones que le puedan llevar a revivir la experiencia de horror vivida. La vida se contrae, por la cantidad de cosas que la persona dejar de realizar, con las que antes disfrutaba por temor a encontrarse de frente con el agresor.

Así que propongo, que la próxima vez que alguien escuche esta retahíla de típicas quejas masculinas esté bien alerta porque son indicio de que él es el maltratador:

  • La sobrecarga de responsabilidades – actuar como si fuera el dueño de la casa y la mujer tuviera que estar disponible, crear su tiempo libre a costa de que la mujer esté sobrecargada de trabajo, imponer tiempos y espacios,  no participar o casi no participar en las tareas del hogar y la crianza de los hijos, que la mujer se haga cargo de los problemas y responsabilidades compartidas.
  • El abuso económico: ocultar información sobre los ingresos o la situación económica, denegar el acceso a las cuentas bancarias, dar por sentado su derecho a disponer unilateralmente de los ingresos económicos, entregar asignaciones insuficientes para el mantenimiento de la necesidades familiares (esto es lo que significa el divorcio en realidad), obligar a rendir cuentas de los gastos realizados, cuando se produce el divorcio, iniciar guerra judicial con enormes gastos por los procedimientos legales, declararse insolvente, no actualizar la pensión al IPC.
  • Degradar: descalificar, no expresar reconocimiento, despreciar, ridiculizar, humillar, desacreditar, etc.
  • Negar necesidades, deseos, opiniones, elecciones: dar órdenes continuamente, descuidar en situaciones críticas, imponer relaciones sexuales, eludir la comunicación directa, etc.
  • Intimidar.
  • Privar de las necesidades personales, sociales y laborales.
  • Manipular, mentir, negar, utilizar argumentos contradictorios, usar lenguaje vago, impreciso, tergiversar acuerdos y conversaciones, mantener una imagen pública diferente a la privada, olvidar promesas y compromisos.
  • Ante conductas violentas, restar importancia y gravedad, argumentar para racionalizar su conducta, echar la culpa a acontecimientos externos, decir que no recuerda nada, negar abiertamente la violencia.

Todos estos comentarios y actitudes masculinas desgraciadamente son de lo más habituales. Y, lo peor es que se produce la transmisión del patrón de violencia a los hijos varones, que poco a poco integran este comportamiento en su psique.

Todas estas conductas llevan a que la mujer llore a todas horas, mientras el hombre manipula a través del mal humor, y su actitud, causa miedo. La mujer se siente enormemente sola, desprotegida, y vacía, como si viviera una vida surrealista, percibe una realidad y el otro la niega haciéndola dudar de sí misma, de su percepción, equilibrio, madurez. La armonía se mantiene a duras penas si ella se mantiene sumisa, cuando planta cara, y dice basta, la espiral de violencia crece y crece, hasta hacer la vida imposible el aire irrespirable. Ante la incapacidad de salida, se va marchitando, aislando del mundo, de las amistades, se encoge, se quiebra su yo, su autonomía, su libertad, su individualidad y deja de expresarse.

Por otro lado, el maltrato ocurre en la intimidad y nadie sabe del sufrimiento de la mujer y de los niños. Por eso es tan difícil demostrarlo en los tribunales. Y, sin embargo, cuando se mira a una pareja donde ha habido maltrato, se ve quien ha crecido a costa del otro y quien se ha encogido, estropeado, entristecido, empobrecido. Se ve en la mirada miedo y una infinita pena, se ve en la forma de vestirse, moverse, hablar, quien se ha desarrollado como persona, y quien no tiene nada.  Cuando es una pareja igualitaria, es como si fueran dos árboles que han crecido uno al lado del otro, sus ramas se entrelazan, cada uno en su individualidad, los dos igualmente bellos.

Es bien difícil que se dé a la inversa porque desde el momento histórico en el que se da la separación entre producción y reproducción se inicia la dependencia y esclavitud de la mujer al varón que se convierte en el representante del Estado en el núcleo familiar. El mundo exterior está dominado por el hombre, y eso lleva a que solo el 1% de la riqueza mundial esté en manos de la mujer. El que el hombre sea el proveedor o el proveedor mayoritario, significa que sale al exterior, que tiene libertad, que tiene su autonomía financiera. Luego, en la vida del hombre tal y como es la estructura social y económica, no se dan las condiciones de dependencia, falta de libertad y aislamiento de las que emana el maltrato a la mujer. La mujer, aunque trabaje, si sus ingresos son accesorios, no puede abrir la puerta y salir. Y, cuando es independiente… tampoco. ¿Por qué? Primero porque el hombre violento, narcisista perverso, se asegura de que la mujer se quede con la cuenta a cero al final de mes, sobrecargando a la mujer de los gastos familiares, mientras que él nunca desvela su situación financiera, y desvía su dinero hacia la adquisición de patrimonio mobiliario o inmobiliario al que impide el acceso a la mujer y/o a la empresa si la hubiera, en muchos casos dejando a cero sus cuentas personales, desviando todo el patrimonio hacia su empresa. De esta forma, mantiene a la mujer y a la prole dependiente, y de esta forma, la mujer no puede soportar la guerra judicial una vez que ocurre la ruptura y de esta forma, a las familias monomarentales no le salen las cuentas. A esto añadimos, que el orden patriarcal a través de leyes que sacrifican los derechos del niño en el altar de los derechos del padre, los niños quedan atrapados si ella sale, en el tinglado de custodias totales y parciales, en los derechos de visita, en la patria potestad, y gracias a SAP. Así que, si una se asegura de tener una visión global del panorama, ve que ni siquiera la independencia económica, ni la ruptura le salva del abismo.

Y, es que como bien explica Judith Herman en Trauma y recuperación, para que un proceso traumático se desarrolle es preciso que se dé la cautividad, que la víctima no pueda escapar. La cautividad de niños y mujeres en todo el mundo pasa desapercibida porque es una prisión sin barrotes, o vallas, es una prisión sutil. Los niños son cautivos por ser dependientes, las mujeres por las implicaciones sociales, estructurales y legales que conducen a la subordinación.

En este entorno nos extraña que Juana Rivas, volviera con su marido después de la paliza, que se cambiara de país, que tuviera otro hijo, y que huyera con ellos, y que ahora de forma surrealista se enfrenta a delitos que afloran la falacia de nuestro Estado democrático y de la supuesta igualdad entre hombres y mujeres, y los supuestos derechos de los niños. Si Juana no hubiera acudido a los medios, sería una de las miles de mujeres en todo occidente, incluidos los países que aparentemente son más abiertos que España con su herencia dictatorial, como los Países Bajos o los países Escandinavos, en las que el Tribunal de la Haya, arrebata los niños a sus madres, sin importarle si hay condena por violencia, o si es una mujer de ese 80% de mujeres que no denuncia y que sin ruido opta por el divorcio. Y, es que una mujer maltratada es una valiente, una luchadora tremenda y viendo que no puede salir junto con sus hijos se queda, aún a riesgo de muerte física o psíquica. Y, vemos a Juana, llorosa, y quien no conoce las características de la mujer maltratada, la juzga débil, inútil, inestable, y se le pone la etiqueta maravillosa de ambivalente, olvidándose de ponerle a él la de narcisista perverso y verdadera causa del trauma.

De modo que, como la situación de la mujer tiene que ver con el problema estructural del modelo económico capitalista, y social patriarcal, es bien difícil escapar, pues cuando intenta librarse del maltrato de la intimidad, se encuentra con que el Estado apoya al hombre, y se encuentra con leyes abusivas que perpetúan la violencia, y la mantienen pobre, vulnerable y dependiente.

No puedo evitar pensar que muchos de estos comentarios y actitudes masculinas los cumple de alguna manera, el Estado. Por tanto, el hombre es maltratador en la intimidad, por el poder que le otorga el Estado. Es decir, quizá el primer maltratador de la mujer es el mismo Estado, que diseña las condiciones idóneas para que la mujer no sea libre e independiente. Aunque por otra parte, podría decirse que el Estado es, en sí mismo, un maltratador de la humanidad, pues si uno reflexiona un poco, se da cuenta que en mayor o menor medida desgraciadamente, la lista de arriba es la forma de actuar del Estado para con los ciudadanos.

No puedo evitar pensar que ni los hombres quieren la responsabilidad que le impone el Estado, a través de la estructura social y económica, porque en el fondo, en el fondo, quieren vivir la vida sin ataduras como los machos en la naturaleza, y nosotras no queremos que nos manden porque nuestra naturaleza interior es libre y poderosa.

No veo otra salida que volver a unir producción y reproducción, crear una red de sororidad monetaria entre las mujeres, como alternativa al modelo capitalista, salirnos del mercado y del control de las élites del poder mundial. Dejar de dedicar esfuerzo a la reivindicación, a la manifestación y a la protesta, que es el mismo camino estéril que ya recorrimos en la intimidad y demostró ser inútil, y pongámonos manos a la obra, creando nuestro mundo paralelo de mujeres que corren con lobos, amazonas poderosas.

Se me ocurre:

Recuperar la sabiduría que el capitalismo arrebató a las mujeres y entregó al mercado convirtiéndonos en un objeto sexual y reproductor.

Recuperar la conexión con la naturaleza.

Volver a trabajar la lana, hilar, tejer, bordar, coser, actividades manuales que el mercado ha arrebatado a las mujeres.

Actividades de respeto a la naturaleza, a la vida.

Se me ocurre, volver a hacer pan, dulces, mermeladas, empanadas, volver a cultivar huertos, a recuperar el conocimiento perdido de las hierbas medicinales, los tratamientos energéticos, la rica medicina natural que el capitalismo robó a las mujeres y de la que ahora se enriquecen las empresas farmacéuticas.

Volver a ser contadoras de cuentos, en contacto con nuestra sabiduría espiritual.

Volver a equilibrar mente, corazón, y cuerpo.

Actividades que implican volver a la riqueza previa anterior al capitalismo, que permitía a la mujer la independencia del varón.

Por esa Nueva Tierra, donde las mujeres volvamos a recuperar nuestro poder y libertad.


Fuente:

A vueltas con la violencia – Teresa San Segundo. Capítulo 5. La telaraña del abuso al tejido de amor y vida. Autora: Trinidad Nieves Soria López. Psicóloga. Coordinadora Técnica del Punto Municipal del Observatorio Regional de la Violencia de Género. Ayuntamiento de las Rozas. Madrid.

Trauma y recuperación – Judith Herman.

El acoso moral – Marie France Hirigoyen.

El calibán y la bruja – Silvia Federici.