Película: Cartas a Julieta.

Estos días de verano he vuelto a ver la película, Cartas a Julieta.

Me suele pasar a menudo que siento cosas diferentes cuando veo una película en distintos momentos vitales.

Resultado de imagen de cartas a julietaEsta vez he disfrutado de las bellísimas  vistas de las callejuelas empedradas de Verona. Los días soleados, las gentes paseando, gentes que vienen de muchos lugares…

Apetece perderse en ellas, en un dulce paseo, como regresando a ese momento del pasado donde Romeo y Julieta, decidieron que su amor merecía el riesgo del enfrentamiento de familias.

Quizá los paseos por Verona, me han recordado el placer de conocer lugares, de viajar, de disfrutar de la vida. Tengo la sensación de que hace siglos, siglos que no puedo hacerlo, que mi vida transcurre entre obligación y obligación, olvidada de la libertad, de vivir más ligera de equipaje.

Me llama la atención la conexión que se establece entre Sofía ( Amanda Seyfried) y Claire (Vanessa Redgrave). Supongo que dos personas de edades dispares que viven la vida desde el corazón.

Esta vez, la película me ha sugerido el símbolo de la búsqueda del amor de verdad, tan sumamente difícil de encontrar. Lo que supone, condensado en lo que dura una película, contemplar muchos rostros buscando esa mirada, esa expresión que revele que la búsqueda se detiene porque de alguna forma has llegado a casa, a ese amor con quien reposar toda una vida, pasear, envejecer, reír y llorar.

Quizá me gusta de la película, también, recordar que seguir al corazón requiere gran coraje.

Y, esta vez, sin embargo, me he fijado en los hombres de la película, y no he podido evitar pensar en la paradoja de la búsqueda de ese amor impresionante, versus la realidad. Pues los dos jóvenes, son de alguna manera el retrato del apego evitador, narcisista, un tipo centrado en su profesión, encantador, activo, manipulador, con quien intimidad es imposible, y el otro, apego ambivalente, el joven, carácter explosivo, excesivamente preocupado por todo, con mal genio, que quiere controlarlo todo.

No puedo evitar recordar que me recuerda mi propia historia y la de tantas mujeres que quedan atrapadas en la frialdad de la falta de intimidad, en el encantador amante de amor ludus, o en la posesividad y arrebato emocional asfixiante del abrazo de un tipo paranoico obsesionado por la intimidad, sin equilibrio con la independencia.

Y es que el apego seguro que se adivina en el auténtico Lorenzo Bartolini es un regalo que la vida regala muy de vez en cuando.

Por esa Tierra prometida de amores dulces, sólidos, libres y bellos, de corazones limpios plenos de luz.


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