La justicia y la psicología patriarcal.

En protesta por la justicia y psicología patriarcal, y en apoyo a Juana Rivas, víctima de ello,  se han celebrado manifestaciones en toda España.

Escribo esta entrada en apoyo a Juana y sus hijos, y a todas las Juanas y sus hijos de occidente.

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He escrito esta entrada usando como fuente el libro Justicia patriarcal. Violencia de género y custodia escrito por Consuelo Barea Payueta, seleccionando aquello que más resonaba con mi experiencia vivida.

El divorcio es la expresión de la hegemonía masculina.

La alianza entre jueces y evaluadores patriarcales provoca la revictimización de niños y madres en los tribunales. Esto es así en todos los tribunales de occidente, incluso en los avanzados países nórdicos. La presión de las asociaciones de padres, con enorme poder económico, ha logrado desde los años 80 hasta hoy, una involución de los derechos de la mujer y de la infancia. Muchas de estas asociaciones son en realidad, asociaciones, que defienden a los maltratadores.

Nos encontramos en los tribunales con que gran parte de los jueces y evaluadores, no son objetivos, sino que aplican su ideología. La subjetividad de los jueces, puede ser porque proyectan su situación personal de abuso de poder. Lo cierto es, que no son ecuánimes, ni objetivos, sino que presentan un sesgo de género, favorable a los padres e invisibilizan la violencia.

La psicología y la justicia patriarcal refuerzan el papel familiar y social del padre, idealizan las relaciones padre-hijo, excusan y trivializan las conductas abusivas del padre.

Es importante destacar que esta actitud de evaluadores y de jueces, la presentan tantos hombres como mujeres. Muchas mujeres sobreviven en puestos típicamente masculinos adoptando valores masculinos. Así, nos encontramos con la situación dramática que dentro de los tribunales, esta defensa del varón, la haga una jueza.

Ambos valoran las cualidades masculinas de los padres, tales como la racionalidad, la inteligencia, la capacidad de cambio o el estoicismo, así como la fuerza y la agresividad.  Y, en consecuencia, estiman que de alguna manera, la violencia emana de su cualidad de masculinidad, de su poderío. Los padres violentos son calificados como firmes, positivos, amorosos, entregados a la responsabilidad de la paternidad, capaces, comprometidos, para satisfacer las necesidades de los hijos.  El maltrato paterno se transforma en corrección pertinente, ejerciendo su papel educativo. Se niega la violencia y se engrandece la figura del padre, hasta elevarla a rangos heroicos. Se manifiesta que la figura del padre es importante para los hijos, incluso cuando los niños manifiestan miedo.

Los jueces consideran que el padre es víctima de la madre. Se admira su estoicismo, que rechazados por los hijos, acuden una y otra vez al PEF o luchan de forma perseverante para recuperarlos. Se compadecen de la madre hostil y vengativa. Se pone énfasis en su actitud responsable frente a la hostilidad de la madre. Se dice de ellos, que sufren mucho, que anhelan ejercer como padres, y que los menores necesitan de la protección del padre. Consideran que el sufrimiento del padre es resultado del avance de los derechos de las mujeres y su pérdida de poder o rol de cabeza de familia.

Los jueces quieren madres altruistas, abnegadas, tranquilas, agradables, responsables de las relaciones familiares, vinculadas a las necesidades emocionales del niño, comprometidas con obligar al niño a revincular con el padre, y que expresen una sumisión total al padre. Por tanto, está mal visto, las madres que discuten, argumentan, o expresan con vehemencia sus puntos de vista.

Se habla de derechos del padre, frente a responsabilidades de la madre de promover las relaciones filiales con el padre, y de colaborar con el otro progenitor.

Después de la violencia, la relación con el agresor es traumática, pero esto es ignorado cuando la madre se niega a hacer de mediadora, dinamizadora y promotora entre los hijos y el padre. Se carga contra la madre, en lugar de identificar la violencia, y las secuelas para madres e hijos. De manera que el entorno judicial culpabiliza a las víctimas.

En vez de hablar de miedo del menor se habla de odio inculcado por la madre. Se presenta a la madre como chantajeando al menor, negando su amor si quieren al padre. Mensaje: es una mala madre.

Frente a las características positivas con que los jueces se dirigen al padre violento, sin embargo, dicen de  las madres que tienen un comportamiento emocional extremo, que transmiten su angustia, su preocupación, su depresión y su miedo al niño, que demuestran odio y una actitud hostil, que denigran e insultan al marido y que por ello, su influencia es perniciosa, pues envenenan al niño, destruyendo la relación con el padre, socavando el contacto, provocando con su actitud, una influencia desestabilizadora. Son acusadas de poco receptivas a otros puntos de vista, de ser incapaces de comunicarse con el padre,  de que se niegan a cooperar y a cumplir el mandato judicial de la orden de contacto. Todo esto, los jueces no lo explican como resultado de la victimización de madres e hijos por la violencia paterna, sino resultado de su hostilidad y su deseo de venganza.

Esta situación deriva en que las madres, después del divorcio, se vean agobiadas por denuncias del padre por incumplimiento y desobediencia de órdenes de contacto. Bastaría con una investigación de las conductas violentas o negligentes, del progenitor rechazado, para explicar el comportamiento materno de proteger al menor. Y, sin embargo, las sentencias hablan de permanente obstaculización de la comunicación de los menores, y de constante incumplimiento de las visitas. Describiendo esto como un ataque cruel a un padre inocente y deseoso de cuidar de sus hijos. Se acusa a las madres de ser excesivamente sobreprotectoras, y complacientes, dejando al menor tomar decisiones que corresponden a los adultos, permitiéndole que rechace al padre, Avergüenzan a las madres, para bajarles los humos por salirse de su rol tradicional. El padre pasa de culpable por violencia, a víctima de la madre. Las madres son desacreditadas, con el apoyo de psicólogos y psiquiatras.

En el juzgado se suele considerar a las madres como únicas responsables del daño al menor, mientras que la violencia masculina se considera una extensión de la autoridad patriarcal masculina.

Así que, las madres son consideradas por, justicia y psicología patriarcal, como histéricas e irracionales, y se impide que se expresen en el juzgado. Y, es que la mujeres maltratadas llegan al juzgado, emocionales y enfadadas. Sus actitudes y comportamientos, en realidad, derivan del Estrés Post Traumático, resultado de años de abuso, que causa sobre-reacción ante cuestiones aparentemente triviales o extraña falta de emoción cuando se habla de violencia, o risa inapropiada. Tienen miedo a no ser creídas, se comunican de forma extraña o nerviosa similar a los que mienten. A veces su estrés se manifiesta en verborrea lo que es muy mal interpretado, sus manos están en continuo movimiento, encoge los hombros, evita el contacto visual, tarda en responder a las preguntas, muestra alteraciones en el tono de voz, pausas al hablar, poca espontaneidad en su respuesta y discrepancias en sus argumentos. Los indicadores de miedo, estrés, o rabia, se interpretan como engaño, simulación o mentira.

Cuando en lo civil, aparecen alusiones a violencia, los jueces lo ignoran o lo desvían al juzgado de violencia. Los jueces lo consideran una agresión puntual y no de permanencia continuada, porque no están interesados en investigar la dinámica de poder y control, sino en defender los derechos del padre.

La actitud típica de los maltratadores es negar el maltrato, decir que son acusaciones incorrectas e indignas, que su conducta es impecable, y lo manifiestan con gran destreza, pues son hábilmente deshonestos, presentando una  personalidad tranquila, calmada, y encantadora en público. Los jueces y psicólogos son engañados por la calma, la apariencia de sinceridad y veracidad del maltratador y por la extraña emocional respuesta de la víctima.

Por otro lado, definen a los niños y adolescentes como categorías inferiores. Son vistos como seres incompletos, incapaces, sin derecho a voz, ni voto y necesitados de tutela. Se supone que no saben lo que quieren, y que sus deseos no han de tenerse en cuenta si se enfrentan a los de los adultos. Cuando los niños exponen sus motivos para rechazar al padre, no son tenidos en cuenta. No existe preocupación por su exposición a la violencia. Las relaciones violentas padre-hijo no son tenidas en cuenta. No son vistos como testigos creíbles.

Los jueces eligen las opiniones de los psicólogos patriarcales, que describen al niño como agresivo o enfermo, interpretando como muy graves conductas rebeldes propias del desarrollo o consecuencia de una falta de habilidad parental.

Las emociones conflictivas de los niños para con el padre se sacan de contexto y no se quiere reconocer que son comunes a los niños que han estado expuestos a violencia de género.

Lo que debiera contemplarse como respuesta adecuada ante la violencia o el trauma, se quiere ver o se tergiversa en favor del padre, como comportamiento difícil o perturbado. Así, son vistos por los jueces como niños malos, frente  a los buenos que cumplen las normas y no rechazan al padre. Se dice de ellos que muestran terquedad, actitud desafiante, irrespetuosa, taciturna, hostil, ruda, agresiva, e irresponsable.

Los jueces hablan de ira, resistencia, evitación, respuesta de sobresalto, emociones internalizadas, indefensión y de falta de confianza de los menores. Y no saben, o saben y no quieren reconocer, o no les interesa contemplar que esta descripción coincide con las características del Estrés post traumático. Minimizan el trauma y hablan de trastorno adaptativo, resultado del cambio de vida, de escuela, reduciéndolo a tener sentimientos negativos.

En las sentencias se habla de ellos como influenciables, excesivamente emocionales, inmaduros, incapaces, vulnerables, predispuestos a ser manipulados por la madre, definida como llena de odio y resentimiento hacia el padre. Se excusa la violencia del padre por las dificultades del niño y se ordena contacto, revinculación. Y a las madres se las tacha de implacablemente hostiles. SAP refuerza el concepto de niños trastornados, difíciles, sujetos pasivos y obedientes y obligan al contacto con el padre. Los jueces exigen a madres y niños que modifiquen su conducta para afrontar el contacto con el padre.

La realidad es que los niños no son fáciles de manipular tienen sus recuerdos y sentimientos y en muchos casos se oponen con fuerza a los adultos. Son fiables, competentes, capaces de presentar perspectivas valiosas sobre sus propios intereses.

Consideran que los niños buenos se adaptan a la conducta paterna. Lo que es muy grave. Pues ignoran en su ceguera o en su negligencia, que en realidad, al igual que con la mujer maltratada al principio los niños sufren síndrome de Estocolmo, que se confunde con resiliencia.

Se considera que una cosa es la madre y otra los hijos. Los jueces consideran irrelevante el testimonio de los menores de violencia para su bienestar y consideran que la violencia de género no influye en el desarrollo menor. El maltrato a la madre no se considera un impedimento para ser buen padre. Se defiende la dicotomía padre amoroso – marido violento. Se normaliza y se legitimiza la violencia paterna. Los jueces simpatizan con el discurso del maltratador, les compadecen por la hostilidad de su expareja, y no evalúan su ejercicio parental previo. Se valora que asuman la responsabilidad por su violencia. No detectan que por su propia naturaleza son buenos dando una imagen positiva de sí mismos y que se hacen las víctimas. Se minimiza la violencia ensalzando e idealizando al padre, diciendo que son violentos pero amables, amorosos, cariñosos, comprometidos. Lo cierto es que el padre violento en el ámbito doméstico es un dictador y que tiene un sentido de propiedad y control sobre los hijos, que sirve a sus intereses propios.

La adjudicación de la custodia al maltratador enseña al niño que la violencia, el abuso, el poder y control triunfan y que los tribunales y la sociedad no dan importancia a lo que el padre ha hecho a la madre. Es decir, enseñan a los niños a maltratar

Los tribunales transforman las secuelas en causas del maltrato, victimizando a madres y menores. La gente común puede quedar atrapada en situaciones abusivas, pero después de escapar ya no son tan comunes o sanos. El abuso crónico causa serios daños psicológicos. La tendencia es de culpabilizar a la víctima, no de valorar el estrés post traumático, y por tanto de reconocer la situación de la víctima en relación a una situación abusiva. Los efectos de la violencia en niños aparecen años más tarde. El 70-80% de los niños queda afectado negativamente.

Las mujeres maltratadas con Estrés Post traumático están asustadas, en estado hiperalerta, desconfían, tienen muy presente que hay personas peligrosas. Los test típicos favorecen al hombre, porque pasa desapercibido la conducta violenta, mientras que las mujeres maltratadas obtienen una alta puntuación en IRA. Presentan confusión, miedo, paranoia, bajo ego. Ello puede ser interpretado y usado en su contra por evaluadores y jueces patriarcales, y mal diagnosticado como trastorno límite de la personalidad, paranoia, trastorno histriónico, o como esquizofrenia.

Otras veces se confunde con el trastorno adaptativo, es decir que niegan el trauma y hablan de circunstancia de estrés normal al que habría que adaptarse. Se dice que tiene un malestar mayor que el normal, y una deficiente adaptación. En violencia hablar de estrés en lugar de trauma es negar la gravedad del hecho traumático e insinuar que la reacción de la persona es exagerada para lo ocurrido. Es negar el trauma.

También se puede mal interpretar como Trastorno Facticio (que inventan síntomas intencionadamente), como delirio o psicosis, o como fobia específica, es decir como un temor irracional, porque no existe motivo real para el miedo. Mientras que reconocer trauma significa reconocer el terror real.

El evaluador diagnostica trastorno de personalidad en lugar de trauma, culpando a este trastorno de la mala relación con los padres, convirtiendo a la víctima en culpable y al culpable en víctima, otorgándole la custodia.

Un niño cuya madre ha sido maltratada, ya ha sufrido una pérdida de una plena maternidad, porque la lucha por la supervivencia ha estado por encima de promover una sana existencia cotidiana. Si la madre es la cuidadora primaria, el envío del niño con el padre maltratador, se traduciría en una pérdida mayor y un trauma por separación. Necesita que su madre esté recuperada, sintiéndose bien, apoyada, fortalecida y curada. El bienestar de los niños mejora cuando no tienen contacto con el padre violento.

Y, todo esto, demuestra que efectivamente el patriarcado es el gobierno de los padres, que las mujeres somos ciudadanas de segunda y que la protección de los niños es cumplir años.

Este quehacer de los tribunales, misógino y conservador, recuerda que los crímenes contra la humanidad, como guerras, genocidio, y esclavitud, emanan de la obediencia civil, no de la desobediencia, y que por tanto,  los jueces han perdido el respeto de gran parte de la población, de la misma manera que el violento ha perdido el respeto de sus hijos. Como decía Gandhi, cuando la ley es injusta, lo correcto es desobedecer. Y, hemos llegado a este punto crítico, me temo.

En protesta contra los jueces y psicólogos patriarcales que aplican SAP.

Por jueces que respeten y otorguen valor al rol del cuidador primario, al estilo parental positivo, y al desarrollo del apego seguro.

Por el derecho de los niños a vivir una vida plena, libres de violencia.

Por el derecho de las mujeres a ser propietarias del 50% de la riqueza mundial, en lugar del 1% actual.

Por un nuevo sistema social y económico donde el punto de mira sea el bienestar del ser humano,  la protección de la naturaleza, donde aprendamos a vivir con menos, todos, en un mundo más igualitario, que ponga como centro la cultura del cuidado y la sostenibilidad de la vida humana, en contacto con los ciclos de la vida.

Con gratitud a Consuelo Barea.