El concepto de resiliencia, en su origen, estaba unido a la Teoría del apego.

Quería dedicar esta entrada a mis reflexiones sobre el concepto de resiliencia, por el uso que se hace del término hoy, las connotaciones que conlleva, y sus ramificaciones.

El uso que se hace del concepto, es bien distinto del origen del término. Y, la paradoja es, que el psiquiatra y psicoanalista Boris Cyrulnik divulgó este concepto que extrajo de los escritos de John Bowlby, conocido por su trabajo en el desarrollo infantil, pionero en la teoría del apego.

Es decir que en su origen, el sentido del concepto era señalar que en los momentos de profunda crisis personal, las personas con equilibrio emocional (apego seguro) estaban más preparadas para afrontar la adversidad, que es lo que significa resiliencia.

Es decir, que estando ligado el concepto de la resiliencia, originariamente, a la fuerza del amor, y su impronta cerebral, hoy se ha dado la vuelta, se ha cubierto de connotaciones de tipo mente racional o patrismo, eliminando las cualidades matristas de origen.

Escribo sobre la resiliencia porque tal y como ocurre con el término de indefensión aprendida que se aplica erróneamente en el contexto de violencia de género, he escuchado a profesionales de la salud, señalar que una mujer cae en la violencia de género por no tener resiliencia, y/o por tener dependencia emocional.

Existe una tendencia a buscar las causas de la violencia de género en la mujer que la sufre, que no en el varón que la causa.

Me llama la atención de cómo se dan la vuelta a los conceptos, para usarlos contra la mujer, lo femenino, el yin.

Por ejemplo, se habla de indefensión aprendida en lugar del síndrome de mujer maltratada, que es reconocer el trauma.

Por ejemplo, se acusa a las madres de ser manipuladoras, e histéricas en SAP, en lugar de descartar la violencia de género, o el abuso sexual infantil o las razones de índole económica por parte del padre vengativo que se sirve de SAP para asegurarse la custodia total o parcial.

Y, así, el término resiliencia se ha contaminado, y se habla de organizaciones resilientes, de educar a los niños en la resiliencia.

Hacer una búsqueda por Internet de resiliencia trae una flor que nace en el desierto.

Hoy, cuando se habla de resiliencia, con frecuencia,  se quiere ignorar el trauma.

Como dice Judith Herman, en su libro, Trauma y recuperación, el trauma psicológico es la aflicción del que se siente absolutamente impotente pues cualquier acción demuestra ser inútil ante una fuerza abrumadora, que le atrapa, le ataca por sorpresa, sufriendo hambre, fatiga o dolor, hasta que el sistema de auto defensa se colapsa.

Una cosa es que a uno le toque pasar por un proceso traumático, y después de un largo camino sea capaz de encontrar una forma de continuar con la vida, teniendo en cuenta que tal proceso es semejante a entrar en un nuevo país, es construir una vida radicalmente diferente que la que han dejado, es dejar atrás la vida de control. Esto es, que brote la flor en el desierto

Y, otra cosa es hablar de resiliencia, con las connotaciones actuales, cuyo planteamiento es al revés. Como la resiliencia dice que uno se hace fuerte cuando crece en un terreno árido, donde ni tiene mucho afecto, ni es mimado, donde aprende a resolver las cosas solo, donde está solo, pues para hacer resiliente a los niños es necesario asegurarse que crezcan en un ambiente difícil. Para que brote la flor, hay que crear un desierto.

Lo cierto es que un niño que atraviesa un trauma no es más fuerte es más débil, porque las secuelas del trauma le acompañarán para siempre, porque el trauma, NO SE RESUELVE NUNCA. Los veteranos de guerra, los traumas sexuales, los abusos sexuales infantiles, las guerras, la VG, no hacen más fuerte a nadie, pues una de las consecuencias es que cae la estructura de apego, y lleva a la soledad y al fin de la risa y la alegría.

Encuentro que el uso del concepto de la resiliencia, que se hace hoy,  es bien perverso.

Hoy se contrapone a  la teoría del apego, que se basa en lo contrario en que cuanto más amor, tolerancia, dedicación, tiempo, constancia, presencia reciban, más fuertes son. Y, más fuertes sus alas para volar en la edad adulta. Y, mejor será la calidad de sus relaciones. Las personas de apego seguro, tienen más recuerdos felices a los que acudir en momentos de estrés extremo. Dicho  de otra manera, un mayor equilibrio emocional, con que soportar los momentos vitales críticos.

Combinación de amor, de límites, de risa a partes iguales.

Seres humanos bondadosos, dulces, amorosos = seres humanos sanos y fuertes.

Y, por ello, hoy, cuando se habla de educar en la resiliencia a los niños, en realidad se describe el estilo parental autoritario. El que habla de resiliencia también habla de disciplina, de castigo, de aguantar. El problema es que el exceso de autoridad, unido al de resiliencia, que pone énfasis  en no protegerlos para que sean fuertes, (en realidad esto se llama negligencia), desemboca en el apego desorganizado, desierto emocional, unido a falta de atención.

Para mí hablar de resiliencia, hoy, es hablar de insensibilidad, de apego desorganizado o inseguro ambivalente o evitador.

Y, esto cuando se sabe que la falta de afecto produce atrofia cerebral de los dos lóbulos prefrontales. Cuando los niños no reciben afecto, aprenden a protegerse, a adaptarse, por eso su conducta es luchar, huir, oponerse, cargar contra el otro, o  autoagredirse.

El mundo está lleno de personas desconectadas de su corazón, incapaces de sentir empatía, dulzura, sensibilidad.

La educación académica es deficitaria en enseñar a las personas a conectar con el corazón, con los sentimientos, con la meditación, con el tiempo de estar, de compartir, de amar, de ayudar, de cooperar, de compartir, con el yin. Los niños tienen hambre de amor, de tiempo, de alegría, de no hacer, de juego, de abrazos.

Y, lo cierto es que un adulto fuerte tiene equilibrado los tres cerebros el mental, el emocional y el instintivo. No es cierto que seas más fuerte si solo te enfocas en el mental.

Estamos contaminados por el condicionamiento de la primacía de la mente patriarcal, sobre la emocional e instintiva. Vivimos un mundo dominado por el patrismo, que desprecia el matrismo.  Un mundo jerárquico donde lo  femenino está supeditado, al servicio de lo masculino o masculinizado. Esto empapa la vida en todos los niveles, y empieza con los conceptos de crianza, y el sistema educativo.

Es como la metáfora del antiguo testamento sobre el nuevo. El antiguo había sangre, sacrificio, muerte, dolor, y en el nuevo la figura de Jesús, dulce, compasiva amorosa, empática, sensible. La vida está llena de personas del primer grupo, resilientes que pasan el patrón a la siguiente generación.

Antiguo  = resiliencia, dolor, patrismo.

Nuevo = yin, matrismo.

Sin duda, tendríamos una vida diferente, y un mundo diferente, y una riqueza diferente, si el mundo estuviera habitado mayoritariamente por seres tipo Jesús.

Aunque, quizá ese es el tema, que existe una gran manipulación por parte de los hilos de poder del mundo, que necesitan seres humanos dóciles, obedientes, asustados, programados.

Quizá por ello hay una guerra contra las mujeres.

Quizá por ello está tan devaluada la maternidad, hasta el punto de solo ser un útero. El uso que se hace del concepto hoy, en realidad,  borra la importancia de la lactancia, de los lazos mamíferos. La resiliencia viene a decir que mejor que no esté la madre, así los hijos son más fuertes, más preparados para la vida.

Quizá por ello, existe SAP, para anular el poder del amor, y enseñar a los menores a obedecer y a callarse. La resiliencia es un término que usan los profesionales pro-sap al decir que los niños se hacen más fuertes, cuando en realidad entran en la fase 2 del trauma, en la que la víctima pierde el deseo de vivir, porque han renunciado a la libertad, al mundo, a pensamientos, a cualquier iniciativa, a cambio de poder sobrevivir, alternando sumisión y rebeldía. El concepto de resiliencia es lo que subyace detrás de la terapia de la amenaza, reprimir, someter, educar, castigar, disciplinar.

Así, cuando se habla de organizaciones resilientes se habla de palabras de la imagen de abajo, todas con connotaciones de la mente patriarcal, peligro, desastre, riesgo, crisis, amenaza, mando, control, accidente, emergencia.

En fin, eso es el mundo que la mente patriarcal, el patrismo, la resiliencia, el gobierno de la razón, ha creado.

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Hoy, hablar de resiliencia es hablar de escasez.

De manera, que si el término resiliencia no se hubiera contaminado por el patriarcado, patrismo, y siguiera ligado a la teoría del apego, diríamos que  una organización, una vida, una educación, una crianza, un país, una economía, un mundo es más resiliente cuando tiene abundancia, plenitud, prosperidad, paz, libertad,  respeto, colaboración, empatía, diversidad, amor, sabiduría, autonomía,  verdad,  dulzura,  alegría,  salud,  bienestar, belleza, tranquilidad, espiritualidad, cuando hay para todos, cuando la humanidad tiene tiempo de estar, de compartir, de reír…

La resiliencia, pues, estaría ligada a la abundancia de la madre Tierra, a su belleza, su riqueza, su energía.

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Os invito a dejar de usar el término resiliencia y a estar alerta cuando lo escuchéis.

 

 


Resumen de las dos ponencias de Boris Cyrulnik en el reciente Congreso de Norbera titulado: “La adolescencia, una estación para la oportunidad”

Entrevista a Boris Cyrulnik


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