Abuso económico

El abuso económico se produce dentro de la pareja cuando un hombre controla y supervisa todos los ingresos del hogar, con independencia de quien lo haya ganado.

El  abuso económico se da, incluso, cuando la mujer tiene ingresos iguales o superiores, no dejándole disponer de sus recursos. En este caso, es frecuente que la mujer realice el trabajo no remunerado doméstico y además aporte la mayor parte del dinero para mantener a la familia.

Es abuso porque a través de esta estrategia hace a la mujer dependiente, la somete, la empobrece y la manipula. Poco a poco, sutilmente, la mujer acaba viviendo como una adolescente esperando la paga, recibiendo el dinero a cuentagotas perdiendo su condición de adulta, al perder su libertad y autonomía.

No es invisible, ni encubierta, es una hipocresía social de la cultura patriarcal. Si los jueces tuvieran interés es fácil de detectar, basta con preguntar en el juicio, antes de fijar la pensión de alimentos, y la pensión compensatoria, y determinar si es necesaria una indemnización por abuso económico y por haber asumido la responsabilidad del trabajo no remunerado doméstico, y en consecuencia no tener acceso a pensión de jubilación o tener una pensión infinitamente menor, y no disponer de un plan de pensiones, o jubilación privado.

Se produce abuso económico cuando el hombre:

  • Controla todos los documentos de propiedad de los bienes, y ella no puede disponer de ellos.
  • Se niega a darle una copia de la declaración de la renta. Puede hacerle firmar la declaración conjunta, donde él conoce las posiciones financieras de la mujer y sin embargo, ella no sabe cuánto gana el marido, ni cuántas cuentas bancarias e inversiones.
  • No le deja a la mujer administrar su sueldo o el dinero que tenía antes del matrimonio, porque se produce una sobrecarga de pagos, dejándola a final de mes sin dinero en la cuenta bancaria, o le hace asumir pagos conjuntos y nunca paga su parte o la retrasa indefinidamente en el tiempo, o lo paga cuando hay una nueva deuda, de manera que siempre la tiene atada con deudas y compromisos que se quedarían en el aire, si se produjera el fin de la relación. Gastos como el convite de la boda, gastos por el nacimiento del primer hijo, gastos médicos, pago de la entrada del piso, etc. Gastos que la mujer incurre de buena fe porque él pone la excusa de que tiene préstamos, o una situación de descubierto temporal o un proyecto profesional, etc.
  • La mujer no es titular de su propia tarjeta de crédito o es titular pero con un límite inferior.
  • Como no tiene acceso a la posición financiera integral tiene que pedirle permiso para comprar un mueble, o una cortina o hacer un arreglo en la casa, como pintar o arreglar un grifo, un ordenador nuevo, o un electrodoméstico.
  • Habiendo llegado al matrimonio cada uno con su coche, con el tiempo todos los coches familiares están a nombre del marido, que decide qué seguro contratar, cuándo se hace el mantenimiento del coche o se da un parte de aparcamiento.
  • Literalmente la mujer está en la calle, con una mano delante y otra detrás, sobre todo, si el régimen de matrimonio es de separación de bienes.
  • Si es autónomo o tiene una empresa puede dejar las cuentas personales a cero, para que en el caso de que el juez de familia lo investigue, no encuentre nada. Puede de esta manera desviar todos los fondos familiares, a dicha empresa. Incluso puede adquirir patrimonio mobiliario, e inmobiliario solo a través de la sociedad.

En estas condiciones, crece alegremente el maltrato psicológico, llegando al físico, pues la mujer está atada de pies y manos para poder divorciarse o denunciar.

Después del divorcio lo sigue haciendo, poniendo cualquier tipo de pega a los gastos extraordinarios. No los paga, los paga cuando quiere, los acumula, y después hace una transferencia sin explicar nada. En fin, para reclamar hay que poner una demanda de incumplimiento de sentencia, que significa enfrentarse a la violencia institucional que ya sabemos cómo va, y gastos al letrado. Consecuencia: no se reclaman. Decir que la hipocresía de la ley del divorcio, y la artimaña patriarcal del divorcio exprés, se lo pone en bandeja al “tener que estar consensuados” es decir, tener que pedir permiso para cualquier gasto extraordinario.

Después del divorcio, puede no pagar la pensión, no subirla anualmente de acuerdo con el IPC, pagarla con retraso, etc.

Vivir sin libertad, como si una fuera una niña chica, produce una enorme tristeza, y una imponente angustia.

Que la pobreza tenga nombre de mujer, significa que el hombre abusa del poder que le otorga la cultura, el orden patriarcal, que empapa, las instituciones, el impuesto de la renta, los regímenes matrimoniales, los derechos del padre en el divorcio, etc.

La esclavitud encubierta de la mujer que fomenta nuestra sociedad lleva a éstas y a los niños a un lugar de vulnerabilidad, que es una trampa mortal.

Y, en medio de esta realidad, las poderosas asociaciones de derechos de padres se permiten despreciar el trabajo doméstico no remunerado, el arte de cuidar del otro, realizado por las mujeres, y considerarlo como “vivir como una mantenida”

Estos hombres que se benefician del dividendo patriarcal, sin embargo, quieren más y más, y dan la vuelta a la situación, con sus quejas de que la mujer se queda con todo después del divorcio, de ahí la epidemia de custodia compartida en todo occidente, o la reducción al absurdo de que se les otorgue la custodia total. La realidad es que pocas mujeres consiguen buenos acuerdos, la realidad es que no hay pensiones vitalicias, ni indemnización por despido-divorcio, la realidad es que la mayoría de ellas pagan fuertemente el motherhood penalty, su dedicación a la familia, en términos de pérdida de autonomía financiera, y la sociedad mira hipócritamente hacia otro lado cuando la realidad es que han perdido el tren social, para poder vivir con abundancia y dignidad.